la hoja en blanco se presenta como mar abierto,
sin orilla a la vista.
es entonces que con un lápiz que es barcaza
busco una marea que me lleve a tierra firme.

el mar enfurecido.
no es un sonido aterrador, no es asesino. apenas la marea alta y las grandes olas, chocan unas entre otras. el agua confundida por no saber a dónde ir.
gota a gota, una llovizna. con ella despierto, abro los ojos. algunas estrellas entre las nubes, y la luna es reflector sobre mi devenir. el abrazo débil a la madera, la apertura de la boca hacia el cielo, apenas bebo agua-lluvia entre tanta salmuera.
no existe hogar en el vaivén de agua. esta insensible cuna mece de forma violenta y hace perder la sensación de gravedad. vértigo en el arrullo más tenebroso.
las corrientes se golpean, mi cuerpo en medio; mojado. quieren acabar conmigo, el agua es un arma de furia; vida y muerte se encuentran otra vez. la violencia irreconciliable de estas fuerzas no distingue metal de hueso, carne de madero, alma de aire. las corrientes sólo golpean y golpean hasta acabarse, hasta fundirse… y hasta aplastarme inseparablemente del tronco que ya es tuétano.
gigantes de agua crecen desde el horizonte, en su inmensidad me levantan por el aire, hacia la altura y apenas la espuma… algo de sangre ahí. la mar brama en su abrazo, y con ella el viento escupe. apenas al fondo se escucha el cantar de ballenas lejanas y en sus silencios mi tos: exhalaciones sangrientas que buscan superficie, inhalaciones desesperadas en la tensión superficial.
no hay tierra, no existe. solo está el viento y su sinfonía caótica de cuerdas, el mar con su percusión desoladora, la sangre con su fuego… y las estrellas con su luz en la llovizna. la luna mira con tanta pena.
a la deriva…
a la deriva voy…
he perdido el tuétano, no aguantó mi cariño. soy una marioneta de las olas: montañas sinusoides en guerra, con mi cuerpo señores, mi cuerpo. la llovizna deviene en lluvia, luego en tormenta y truenos. se apaga el cielo y oscurecen aún más este infierno de salmuera que mastica mi carne, piel y huesos.
¡fauces enormes! abre sus bocas el mar y yo en el tope de uno de sus dientes exhalo el grito en el cual espero evacue mi alma; y…
¡un trueno!
caigo y detrás mio el último golpe de los gigantes.
el peso. luego parpadeo, muy despacio, mi cuerpo cae bajo la superficie. ballenas cantan a lo lejos, mareas respiran aliviadas; la tormenta se calma y no hay más golpes. el mar atenua su ira, las estrellas y la luna aparecen claras.
y ya no hay nadie que me eleve.
desearía cerrar los ojos para dar fin a esta historia pero no es posible.
brazos y piernas se ahogan como mis pulmones. la sangre exhala y solo existe el agua; y en ella el cielo que se filtra. las ballenas opacas y la respiración tranquila del mar.
floto despacio hacia abajo, al fondo. me sumerjo sin querer. mis manos tocan los últimos rayos de luz en el agua. y así a mi cuerpo lo traga la oscuridad.




me volví alérgico al letargo, reactivo a la inactividad.
