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prólogo.
ventisca que se abre paso por la hendija más pequeña del cuarto.
no suelo estructurar con delicadeza las descripciones apenas, sino que el tiempo las va moliendo de palabras a imágenes, de imágenes a símbolos, de símbolos a.
capítulo i.
porque empezar por el a es imposible, llegar, pasar, topar… no, es imposible; rechaza toda simbolización.
por lo tanto, restriego la violencia transmutada en frustración fálica con tanta urgencia y desesperación que hace sonrojar al mismo onán; llueve sangre, voy caminando bajo un cielo tan oscuro conforme las calles se alimentan de pasos, ruido y rojo.
capítulo ii.
morir es necesario, el problema es que el suicidio no es suficiente. algo no calza en esta narración; baja, baja un poco más.
piedras en los zapatos, piedras que salen del llanto, piedras que cantan en su caída libre junto con la sangre. la ley del cielo se resquebraja.
capítulo iii.
no hay climax, ni resolución, ni nudo. hay lágrimas que tocan el piano en la esquina, hay truenos y relámpagos que abren zanjas en los rostros más fieros, en el rictus más amargo, en la mirada más ocre.
camino en este entierro perpetuo.
capítulo iv.
una bala plana de seis centímetros de diámetro impactó mi tercer ojo.
los dragones empiezan a silbar, humo tan oscuro como el cielo se dispersa por la piel de la ciudad, por los órganos de quien la caminan, por las entrañas de mi violencia. camino mientras aspiro el veneno, redundancia cíclica al aspirar morir.
capítulo v.
ya no hay luz. a lo mucho sombras aunque esto sea contradictorio. sé que hace frio pero quién es el que hace sino hay dios, sino hay luz, sino hay.
entonces: frio, pero de tanto caminar estoy sudando, sangre. poros, piel, boca, hasta la saliva y desde mis ojos; bebo un poco de agua, escupo en seguida el vino, me limpio la boca de sangre. que no me vean así mis enemigos, ni mi carencia de amigos.
epílogo.
la irrupción de lo real se abre paso por la hendija de mi sustancia.
a subjectum, la destrucción de mi imaginario y la imposibilidad de acceder a mi simbólico; el antagonismo universal no existe, solo existe a. por lo tanto, restriego mi piel, carne y hueso en ira desatada hacia su centro, con tanta alegría que hace sonrojar al mismo objeto a.

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