no sé qué pasó…
ahorita sólo sé que existen las lágrimas en el silencio,
esas que uno puede tragárselas y hacer ese gesto ahogado
que parece risa,
pero en donde forzas a que la pena salga en pequeñas gotitas
por la nariz,
por los labios,
por lo ojos, dónde más.
no sé qué pasó,
y quisiera saberlo, pero ya no hay ni cómo preguntar…
está muerta.
y el adjetivo está ahi, golpea,
como su cuerpo en estos momentos al sol.
apenas tenía cuatro años y algunos meses encima.
pequeña criatura de brazos cortos, siempre los levantaba,
sus saludos eran así.
…
y este recuerdo me detiene unos minutos con un par horas
en medio del río rojo.
fue culpa mía, mi descuido.
¿no me preocupé lo suficiente? padre inconsciente.
ahora mastico el humo de esos errores,
trago su amarga espesura.
hija mía, hija nuestra.
yo ya te vi mal y no hice nada,
cuando vi sangre hace días pensé
que eran las usuales manchas rojas en mi camisa.
y esta mañana te encuentro con las venas abiertas
de par en par.
hija mía,
hija nuestra.
su cuerpo marchito y la savia regándose de entre sus raices,
de entre su vientre y sus ramas… sus hojas tan hermosas,
su verde tan especial,
¡sus brazos, carajo! sus brazos… caidos.
la sangre abierta de par en par.
hija nuestra,
¿qué pasó?
el aire carece y por más que el sol haya salido no hace calor.
¡el aire carece, mierda! y no se puede ni respirar…
me ahogo en este rio bravo y rojo…
mientras el luto se interrumpe por los golpes en la puerta,
la vida está ahí, esperándote, el tiempo no perdona.
el tiempo no
me perdonará.
su cuerpo al sol, las manchas rojas de mi camisa,
su verde tierra ya marchito.
esperaré que su alma se encamine al sol,
recogeré sus partes enfermas y las quemaré,
sus partes sanas regresarán a la tierra.
hija mía,
perdona.
sé lo que es ver
lo más profundo de uno,
el músculo, las venas, los tendones…
el latir.
sé lo que es verse a uno abierto.
doctor,
dígame que no es cierto.
y aunque no sé qué pasó,
puedo decirte
que entiendo
porqué tu sangre…
entiendo porqué te fuiste.







